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Cúmulos de Febrero

  Eran las montañas de vapor más hermosas y salvajes que nunca vio en su vida. Era como si alguien hubiera diluido al mismo verano y lo hubiese propulsado al cielo. La luz parecía ser emanada directamente desde sus núcleos de condensación, y no caer desde el Sol y rebotar. Él debía hacer un esfuerzo para mantener sus pupilas dilatadas mientras las contemplaba, y arrugaba la piel alrededor de sus ojos para lograrlo. Se movían lentamente entre estelas difuminadas de ellas mismas, que las atravesaban discretamente con su turquesa central y su resplandor translúcido en los bordes. Detrás de ellas, el celeste limpio, el celeste puro de la atmósfera que se libra de sus imperfecciones dejándolas caer junto a la lluvia, como un gato que se lame a sí mismo. Él las miraba maravillado, y no se sentía diminuto a cientos de kilómetros de ellas, al contrario, casi no se sentía, y si lo hacía, era afortunado, por poseerlas en aquel horizonte inalcanzable. ¿Cuánta belleza, cuánta luz había en ellas y en sus ranuras sombreadas que no lograban el brillo intenso de sus cimas gaseosas? Era la apariencia física de la magia estival, y él la admiraba y amaba desde el transporte público, sin que los descuidados cristales fueran suficientes para estorbarlo.

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