Esa tarde partí velozmente en mi bicicleta, porque debido a una cuestión de horarios y reordenamientos especiales, salí media hora antes, a las diecisiete y media. Eso significaba que si me apresuraba podía escapar a la hora pico de regreso a casa, y evitar todos los embotellamientos en los que incluso conductores de pequeños vehículos de dos ruedas quedan trabados. Pero no importó mi esfuerzo, igualmente debí regresar los siete kilómetros que había hecho hasta mi casa: en el apuro de la emoción, olvidé las llaves en mi escritorio. Ganas de sencillamente romper una ventana y entrar no me faltaron, pero era una locura que mi cordura jamás me permitiría hacer, así que regresé. Qué suerte que regresé. Cuando llegué de nuevo a las oficinas, eran cerca de las diecinueve y media. Abrí la puerta y quedé paralizado, de repente una sensación cálida se apoderó de mi pecho y mi cabeza. Vuelvo a decirlo: qué suerte que regresé, qué suerte que me olvidé las llaves. La causa de tan paralizante ...
Desde el verano de 1996